La angustia me azotaba, muy fuerte contra el pavimento. Mi ser estaba pisoteado contra el gris asfalto, mi expresión hacia juego con ese apagado color. Lagrimas saladas caminaban con paso lúgubre por mis mejillas, la marca pesada de la tristeza se había apoderado de mi estación. Cargaba en mi espalda noches en vela, calles baradas y miles de risas ahogadas en un crudo balcón.
El paisaje que me acompañaba parecía alegre, o me lo habría parecido en algún otro momento. Gente que iba y venia, pensando que cocinaran para la cena; que el partido del jueves no estuvo tan mal; que le regalaría a su sobrino para el cumpleaños; que para mañana tiene que estudiar todo el resumen; que quizás cuando llegue a casa llame a esa persona con la que tanto desea hablar. Gente, de todos los colores y en todas las tonalidades, gente. Yo los veía danzar esa interminable coreografía de idas y vueltas, bajo arboles en degradé desde el verde al amarillo que dejan filtrar la luz del sol. Yo los veía a todos, a la señora de altos aires con sus gafas oscuras y su traje de Channel; al anciano con bastón café y boina gastada que daba migajas a las palomas; al inocente niño corretear entre los pastos buscando una señal de felicidad en su simple juego; a el joven con auriculares sumergido en su mundo paralelo en el que repasaba sus planes sin hacer caso a su entorno; a la muchacha apurada por tomar el tren que se le escapaba y que con torpeza dejaba caer en un descuido los papeles y cuadernillos que custodiaba en su bolso; y a tantos otros mas. Yo los veía a todos, pero ellos no me veían. Nadie me veía, y eso era lo más triste de todo. Estaba presa en esas soledades que uno no pide.
Me sentía muy sola en la tierra, así que traté de volar. Alcé mi mirar al vuelo, siguiendo suavemente el camino que me marcaban algunas vagas nubes. Dejé que mi cuerpo se recostara sobre la hierba, observando los pájaros libres. Quise por un instante ser como ellos e intente seguirlos con mis pies, dibujando su camino en el aire. Quería escapar de ese lugar incomodo solo con un soplido, solo con un pestañeo, quería irme. Le di rienda suelta a mis ojos y bajaron suavemente en una tierna imagen que me inundó de dulzura.
El niño, con sus ondas castañas bañadas por el sol, una sonrisa picara dueña de un instinto travieso y unos ojos puros, caudales de inocencia y ternura, me llamó mucho la atención. Sus rodillas apenas se dejaban ver en los yuyajes, y su andar delataba el dulce aroma de una nueva hazaña. Siempre admiré la capacidad que tiene uno mismo dentro suyo para viajar a través de la vida mediante la imaginación, que buen viajero debía ser.
Su mirada se fijo en la mía de pronto, y la sostuvo con gran fortaleza, como notando algo particular en mi. Me sentí avergonzada, rápidamente recordé mi atmósfera gris y temí contagiarsela. Se volteó sin previo aviso y se inclinó ante los arbustos rebuscando algo, cortando una flor. Se acercó a mi con paso desinteresado, y en un ademán un tanto tímido me la regaló. En el momento en que esa florcilla de cinco pétalos tocó mis dedos sentí como los colores y la vibraciones me recorrieran el cuerpo al ritmo de alguna simple melodía. Una sonrisa se dibujó en el cálido rostro del pequeño muchacho, y no pude resistirme a copiarla en mi cara, que antes estaba tan fría. Allí pude ver con detalle sus ojos, era un niño con ojos de caleidoscopio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario