Pequeña era mi visión, supongo que mediría un metro de alto. El jardín era mi habitad, ahí se encontraba todo lo que era yo, la aventura, los colores y el aroma a pasto recién cortado. Mi fiel amigo, mi perro corría incansable acompañándome en un juego silvestre entre yuyos altos y flores de estación. Mi abuelo sabia cuidar de sus plantas dándoles agua con una gran regadera verde. Que hermoso era el jardín donde crecí.
Tardes entre las ramas chuecas de un árbol de mandarinas, horas comiendo uvas negras que a saltos alcanzaba del gran parral. Inmensos rosales adornaban el frente con gran romanticismo, el aroma inundaba la casa. La hamaca era mi pasaje más sencillo para estar a cada empujón mas cerca del ancho cielo. Mis pequeñas pantorrillas siempre picoteadas por mosquitos, mis vestidos floridos nunca me cubrían los tobillos.
Y el silbido de mamá, siempre va a estar viva en mi alma. El sonido que indicaba que estaba listo el almuerzo, y a correteadas y atropellos llegaba al comedor para lavarme las manos y poner la mesa.
Ese aroma era inconfundible, la alegría brotaba en un estallido de mi sonrisa. Hoy comería milanesas de mamá.
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