Llovía, y a cantaros. La visión estaba muy borrosa. Fregó sus puños en las cuencas de sus ojos creyendo que era un problema de la edad, pero no, era el ambiente. Se estaba empapando, ¿Qué importaba? El agua era vida, y eso lo reanimaba para vivir un tiempo mas, hasta la próxima lluvia. Los años habían hecho lo suyo, y a esta altura ya había vivido bastante. Cuando era mas joven pensaba que a estas alturas sería un gran sabio, puras mentiras, era el mismo muchacho de aquella vez. Camino algunos pasos y vio su reflejo en una vidriera que estaba cerrando, era igual que antes, aunque sus ojos achinados ya estaban cubiertos de arrugas, sus mejillas estaban algo gastadas y los que antes era hermosos bucles azabaches, hoy eran pocos copos de nieve. Pero lo que no había cambiado era esa luz que guardaba en un rincón de su sonrisa.
La lluvia le arrastraba desde lo mas profundo de su alma, muchos recuerdos combinados con sueños, esto lo hacía sentir vivo. Se sentó en un banco de la plaza y miro fijamente como el agua filtraba por las hojas, y también la luz del día. Luz, eso nunca se había ido, eso aún latía fuerte en su alma. Recordó como alguien le decía siempre que adoraba el momento en que la luz filtraba por las hojas, por sus cabellos. Recordó cuantas veces la tuvo en sus brazos, y la amó. Apoyó su mano en el pecho y cerro con fuerza el puño, dejando escapar una lagrima que se confundió con gotas de lluvia. Añoraba esos momentos, y como deseaba volver a vivirlos, sería tan feliz. De un brinco se levanto, y a pesar de los dolores que cargan los años, corrió, corrió y corrió, tanto que le gustaba correr.
La amaba, y ya la extrañaba, iría a buscarla para compartir esto, otra vez, como siempre. Su mirada se iluminó como la de un niño mientras tejía sueños en su mente. La abrazaría y besaría muchas veces, como ayer, le diría cuanto la amaba y dejaría que se duerma en sus brazos, otra vez como tantas veces. Llegó a su puerta, y la presión en el pecho lo hizo detenerse antes de tocar la puerta, tomar aire y continuar. Tocó, y espero. No hubo respuestas, tocó otra vez, y nada pasó. Otra vez, y otra vez, y cada vez que tocaba otra esperanza se rompía dejando lugar a una nueva. Poco a poco fue entristesiendose, sabiendo que solo eran ilusiones suyas, y que no podría compartirlas ya. Se dio media vuelta, y se marcho despacio con su melancolía.
Pero en el aire sintió ese aroma frutal, que nunca se olvida. Creyó que era otra ilusión haciendo efecto otra vez, así que la apago rápidamente cerrando con fuerza los ojos. Pero el aroma no lo abandonó, y una suave mano se posó en su hombro. Volteo algo asustado y molesto, quería quedarse solo con su melancolía y que nadie interviniera. Era ella, algo avejentada y mojada también, pero con un brillo en un rincón escondido de su sonrisa. Su sonrisa, que hipnotizo sin remedio a nuestro protagonista, llenando de un calor inmenso su interior.
-¡Qué oportuno encontrarte! Viendo esta lluvia, recordé tantas cosas y me dieron muchas ganas de compartirlas con vos -comentó ella, al ver que el no hablaba, había enmudecido posado en su mirada- Además, te estaba esperando en casa, llamó nuestro hijo que quiere venir a vernos en la tarde.
Que hermoso fue para él saber que ella compartía la misma ilusión, que ahora se convertía en realidad. Que hermoso fue verla, tan bella como siempre. Que hermoso era saber que después de haber vivido todo, aún quedaban cosas por vivir, y compartirlas con ella era su anhelo. No le contesto, solo tomó su mano y ella comprendió al instante y también guardo silencio, si como alguna vez, o como ninguna otra vez, la besó. Ella siempre sería su mujer.

No hay comentarios:
Publicar un comentario