Un viajero cotidiano

Venia del trabajo, bastante cansado ya. En el cielo se dibujaba poco a poco una atmósfera gris, estos últimos días el sol y la lluvia parecían estar disputandose continuamente el lugar, pero pareciera que ninguno terminaba de ganarlo. Tenia en el morral algunos apuntes de semiología para repasar, pero la verdad, no tenia ganas. Prefería perderme un rato entre el nublado paisaje que se ve desde la ventanilla del tren, me senté en un asiento junto al frío vidrio, rogué a dios que me dejara dormir hasta mi estación.
Pasaron tres estaciones mas, y seguía sin poder cerrar los ojos, y sobre todo el día tan gris me estaba agobiando. Subió mucha gente de golpe, atropeyandose y empujandose, me recordaron al sol y la lluvia, y luego de este diluvio repentino de personas se acercaba ella. Fue algo bastante particular, para no contrastar con el ambiente vestía de gris también, pero algo en ella me decía que era solo un disfraz. Tomó asiento justo frente a mi, permitiendome toda su bella figura. Sacó un libro de su bolso, que comenzó a leer con entusiasmo, en su rostro se veía como se hundía en aquella apasionante lectura. Su cabello castaño se ondeaba levemente y  estaba apenas recogido; enmarcaba su rostro un flequillo hacia un costado cayendo sobre sus ojos, dos almendras negras y brillosas, llenas de vida y color. Estaba clavado en sus ojos, me llamaron tanto la atención.
De pronto, volteo la pagina, y en ese leve vuelo de su mirar, su mirada se cruzó con la mía. Quedé hechizado, por un segundo entendí cada segundo de mi vida en sus ojos. Una energia magnética nos mantuvo así algunos instantes, luego bajó la mirada repentinamente y note un detalle precioso; sus mejillas. Dos pompones que encerraban una pequeña naricita se tiñeron de un rojizo leve, tenia una expresión de timidez en el rostro. No pude contenerme, y continué bajando con los ojos por esa tez blanca, sus labios carmesí esbozaban una tenue sonrisa avergonzada. Quise hundirme en ellos para siempre, pero estaban tan lejanos y tan cerca. Por milagro del cielo, volvió a cambiar de pagina. Estaba esperando con ansias ese momento.
Otra vez el flechazo, nuestras miradas se cruzaron aun mas ardientes, y me volví a perder en sus ojos almendrados. Que delicia ese momento, como lo sentí fluir en mi mente, pero otra vez la timidez la ganó, y esa actitud inocente me causo mucha ternura. Decidí seguir esperando (tal vez impaciente) a que vuelva a voltear la pagina continuando con su aventura escrita, mientras yo seguía recorriendo su cuerpo.
Su piel me dejó caer en cascada por su suave pecho, podía percibir su textura a lo lejos; su pecho descubierto por aquel divino escote que dejo insinuarme lo sutil del deseo. Sus manos pulcras, con finos dedos de dama que parecían acariciar aquel libro ¿Faltaba mucho para que volviera a voltear la pagina? Los segundos no pasaban.
El tren se abrió paso entre aquellos túneles oscuros que suelen asustar a infantes, y allí me sorprendió. No volteo la pagina, solo apoyo su libro contra el pecho y me regalo la sonrisa mas sensual que tenia escondida. Sus ojos la acompañaron sutilmente, quedé definitivamente apresado. Cuando la luz gris volvió, retorno a su lectura refugiándose de aquel pequeño descuido en que soltó ese lado animal. Estaba bastante perplejo, me había dejado algo atontado. Y ahora tomaba la misma actitud inocente, estaba algo confundido. Continué con mi bella labor de recorrerla, su vientre estaba descubierto y dejaba ver un ombligo a pasar. Sus caderas se moldeaban al contorno del asiento, y sus bellas piernas finamente torneadas terminaban en la punta de mis pies. O eso creí.
Un suave shock de electricidad, casi exquisito recorrió mi pierna, acto seguido al roce de su pie. Automáticamente me fijé en sus ojos, me regalaron una mirada cómplice, digna de una niña pequeña que esta haciendo travesuras. Otra vez causo esa sensación de ternura en mi interior, y otra vez continuo con su libro, que sospecho no le estaba prestando tanta atención. Me detuve otra vez en la ventana y el paisaje nublado, que contraste encontraba comparándola con aquella dama. El cielo comenzó a crujir, y pequeñas gotitas de agua comenzaron a inundar en segundos la ciudad con gran fuerza, la ventana junto a la muchacha estaba abierta. Ella dejó su libro en su regazo y se apoyo levemente en el marco, dejando empaparse de frescura; fue un signo tan liberal, el viento acompaño el instante y dejo ondear su pelo cubriéndolo de destellos, de gotas de lluvia, era hermosa. Pronto lo recordé, tendría que bajarme en la próxima estación.
Hice un ademán de acomodar mi chaqueta y ella lo percibió, supongo que por eso se paró despacio haciendo fuerza inútilmente con las trabas de la ventanilla para cerrarla. Dejó caer "accidentalmente" su libro, me agaché, lo tome y se lo devolví tocando con la yema de mis dedos los suyos. "Gracias" dijo con su melodiosa voz, y otra vez quedé atrapado, que musical y puro me sonó su pronunciar; "No hay de que" solo pude contestar. Me dispuse a partir, pero noté que seguía luchando torpemente con las trabas de la ventanilla, y como un caballero me ofrecí a ayudarla. Cerré correctamente de un movimiento el vidrio, protegiéndola al fin de la fuerte lluvia. "Gracias, otra vez" dijo en tono inocente, que a la vez me resultó seductor, pero esta vez no pude contestar lo mismo yo también. Tomé su mano izquierda entre las mías y la besé "No podría dejar que se lastime". Y así me marche, no vi siquiera su expresión, o no quise verla, si no me retendría otra vez.
La lluvia a fuera azotaba los techos de lona, y el día gris entristecía a la ciudad. Levante devilmente la mirada entre la llovizna, y desde el asiento me tiró un beso volador. Lo respondí con una sonrisa enamorada, y si, efectivamente, otra vez me había atrapado. Ojalá la vuelva a ver y saqué así lo monótono de mis días. Espero esta noche soñar con ella.

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